Entrevista a Begoña González presidenta de la Fundación Albergue Covadonga

Begoña Gonzalez

En su charla aparecen Napoleón entrando por la Junquera y un pastor que llegó a catedrático. También la batalla ganada a toda una telefónica o como conceder un crédito a una octogenaria y cruzar los dedos para que todo vaya bien. Porque Begoña González (Gijón 1968) parace sumar varias vidas en una. Quizás por eso la Fundación Albergue Covadonga nombró presidenta a esta bancaria de Liberbank. Historiadora apasionada pide mirar atrás para no repetir errores.

¿Cómo llega una bancaria a presidir una entidad solidaria?

-(Risas) Es verdad que la banca está ahora demonizada, pero hacemos mucha obra social. Siempre digo que nuestro negocio se basa en la confianza que damos al cliente.

Esa confianza se quebró

Sí, pero yo existo en el mensaje. Trabajo desde hace 18 años en la misma oficina. Tengo clientes adultos a los que abrí la cuenta al nacer, conozco a su familia. Igual que yo, el resto de compañeros de mi banco y de otros. Todos hacemos obra social con créditos difíciles.

No es esa la idea que se tiene

Pero es la realidad. Concedemos créditos a personas que pasan un mal momento a los que conocemos , al cliente de toda la vida. Por ejemplo, ¿cómo vas a negar 3.000€ a una clienta de siempre, que tiene 80 años y necesita arreglar la boca? Pues lo haces y cruzas los dedos.

¿La eligieron presidenta por eso?

(risas) Nooo…! Todavía no me creo que me hayan elegido. Yo llegué aquí hace casi 20 años, de la mano de Tomás marcos, uno de los fundadores del Albergue Covadonga. Y, como la presidencia, me lo dieron hecho. Un día Tomás pasó por mi oficina y me dijo: ‘Begoña, que te he hecho patrona’. Y, en abril pasado, me dijo: ‘Begoña, que te hemos elegido presidenta’.

¿Cómo fue su primera vez aquí?

Me encantó.

¿No tuvo miedo?

(Se sorprende) ¿Miedo? ¿Por qué? Se que algunas noticias de los medios dan otra imagen, pero aquí no tenemos miedo. Hay un buen ambiente entre nosotros y con los usuarios. De hecho, cuando mi hijo mayor cumplió 18 años le dije: “Te voy a regalar algo que solo pueden hacer los adultos”. El pobre pensó que era el coche, porque había sacado el carnet de conducir, pero fue tráele aquí y darle de alta como voluntario.

¿Le perdonó?

(Risas) Estuvo encantado. Le abrió los ojos. Un día vino impresionado porque había estado en la cocina trabajando con otro joven voluntario. Era un senegalés que le contó que había llegado a España en patera con un amigo que murió en el viaje. Esas cosas que pasan aquí y que no se ven.

Las noticias sobre peleas no las inventan los medios.

Lo sé, lo sé. Todo el mundo hace su trabajo, pero aquí pasan cosas buenas todos los días y parecen que sólo se ven las malas. Hemos abierto una página en las redes sociales en las que contamos todas las cosas buenas que nos suceden a diario. Pero, volviendo a lo del miedo, aquí tenemos 90 voluntarios y ninguno tiene miedo. Todavía me lo decía una de las jóvenes el otro día. Trabajaba de azafata pero lo dejó para hacer Trabajo Social porque quería ayudar. Pues bien, tiene que convencer a sus amigos que aquí no pasa nada. Que no tiene miedo.

¿Es posible quitar esa etiqueta?

Es difícil, lo sé. Nosotros tenemos muy buena relación con los vecinos. Yo solo digo que conocer el Albergue por dentro te cambia la vida.

¿Usted se la cambió?

Totalmente. Cuando Tomás me dijo que me había hecho patrona, ‘pero si tengo mucho trabajo, los críos…’ Pero cuando entré, ya no pude salir. Para mí fue una transformación personal. Por primera vez tomé conciencia de lo que estaba pasando en mi ciudad.

¿Y qué está pasando?

En aquel momento, teníamos un albergue en pleno cambio, con un perfil muy marcado de personas sin recursos, sin familia.

¿Ahora ya no es así?

Con la crisi ese perfil cambió por completo. Aquí tuvimos alojado a un constructor que había tenido empresa, personas a su cargo, familia… Y abogados jóvenes, con contrato precario, a los que desahuciaron.

Y llegaron las familias

Eso es muy duro. Este edificio no está preparado para que aquí vivan niños.

Estaba diseñado uno nuevo, pero los vecinos lo paralizaron.

Es comprensible. Yo también me pongo en su lugar. Ellos defienden un entorno seguro para sus familias. Los entendemos, pero insisto en que aquí trabajamos sin miedo, dando trato digno a quien no tiene nada. Otra cosa de las que aprendí aquí es a ver a esas personas. Normalmente, pasamos a su lado, cuando duermen en un cajero o un portal, sin verles. Pero están ahí y necesitan nuestra ayuda. Y aquí aprendes a verles. Y lo puedo demostrar.

¿Cómo?

Un día hubo aquí un incidente entre dos usuarios. No pasó nada, pero la voluntaria que estaba con ellos planteó la necesidad de tener un protocolo. Vinieron dos médicos para prepararlo y tras leer lo que habían contestado todos los voluntarios a la pregunta ‘¿Qué es un usuario difícil?’ decidieron que no necesitábamos ningún protocolo.

¿Por qué?

Porque todos respondieron que un usuario difícil es alguien con baja autoestima, que tiene problemas, que no tiene familia. Ninguno dijo, como diría yo, quizás, que es alguien que me grita o que se pone violento. Saben que vienen aquí a ayudar y a ponerse en el lugar del otro.

Un pastor catedrático

¿Volvemos a la época de los leprosos, a los que obligaban a avisar de su llegada haciendo ruido?

Parece que sí. Junto con Tomás Marcos estudiamos las leproserías del Camino de Santiago, somos los dos apasionados de la historia y hemos hecho varios estudios. Aunque creo que la sociedad a avanzado, debiéramos mirar atrás, estudiar la Historia para no repetir errores.

¿Y lo hacemos?

No mucho.

Pero antes que la historia, con Marcos le unió la telefonía.

(Se sorprende) ¡Buff! Aquello sí que fue una batalla. Al llegar a mi nueva vivienda un vecino, el doctor Guerra, ya fallecido, me dijo que estaba preocupado por una antena telefónica que teníamos a 50 metros. Entonces no se sabía nada de ellas. En el abogado conocí a marcos, que había logrado quitar una. Fue un aprendizaje. Hay que luchar.

¿A alguien que gana a una empresa de telefonía no hay quien la tosa?

(Risas) Tuvimos suerte, porque el edificio en el que estaba la antena tenía que renocvar el contrato y decidieron que no hacerlo cuando les mostramos lo que teníamos. Descubrimos que nos decían que era inocua, pero los trabajadores no se acercaban a ella sin protección y nuca más de ocho horas. Y mi hija dormía a 50 metros.

¿No le tienta la política?

Nooo (se ríe): Mi pasión es ecribir. Tengo una novela para publicar, ‘El Siglo’, y trabajo solvbre la vidas de prieto Mesas, que era antepasado mío. Es increíble pensar cómo un pator de cabras acabó de catedrático y dominado nueve idiomas.

¿Cómo lo hizo?

Con algo de suerte, pero con mucho esfuerzo, que es como se consiguen las cosas. Cuando Napoleón entró por La junquera, los monjes de Celorio salieron en desbandada. Uno acabó en Berodia y descubrió que un pastorín era muy inteligente. Cuando pudo volver a Celorio se lo llevó con él y acabó de catedrático en la Universidad de Toledo, donde creó la biblioteca universitaria.

Imagen de la página del periódico con la entrevista

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